domingo, 12 de septiembre de 2010

Cuatro paredes



¿Cómo oler el sudor de tu cabello

cuando nos rodean brillosas tijeras

y la tentación de mutilarme la nariz me viola?

Me rendiré y rebotará en el suelo
que lo trapea el alma de tu cuerpo vestido de mucama.
El silencio gritó en medio de estas cuatro paredes que
insinuaban ser ese cielo de firmamento colorido,
nos levantábamos friolentos, el calor lo fecundábamos
cuando juntos veíamos objetos invisibles.

Columpios oxidados siguen meciéndose
esperando inmaculados traseros  
que ahora se esfuerzan en posarse,
esperando ser impulsados
por pies que no alcanzan a pisar el suelo,
esperando esas sonrisas que ahora son labios de concreto
esperando…
solamente el desvanecer súbito de tu cuerpo.

De no ser así, esta vez rebotarán mis ojos
y veré los pelos de la escoba que más barrías
cuando ensuciaba el living de tu inocencia
con mis lascivos desperdicios.

Sucumbiendo el violáceo por el alba
se despegan nuestras pestañas
las cortinas levemente danzan
como los cuerpos desnudos que he visto en la vida,
cuerpos que son estampillas
de un correo que nunca llegó
de un cartero que nunca nació
de unas letras que no tienen idioma.

Ahora vemos los únicos rostros del momento
sentimos las cuerdas bucales romperse como
nuestros sueños en la perpetua soledad temporal,
ya no seré lo que quise ser
fue negligente no pensar que el siguiente minuto no existe.

Los días pasados a bayoneta hincan,
el espacio que sostienen nuestros pies se inunda
con gotas rojas que nunca se enfriarán
ni grabarán pegotes en el suelo,
osado mi cuerpo se dispara corriendo
en algún momento tropezará
con obstáculos puestos por seres desnudos y sonrientes
que dicen mucho diciendo “destino”. 

Las orejas son corazones
los sonidos parecen puñales oxidados
por el aire que exhalo de la boca
en un lugar que no es la tierra
sólo cuatro paredes blancas que insinuaron ser ese cielo.

Dar vueltas rápidamente hasta que la muerte asome
curiosa viendo con misericordia
el huésped que recibirá en su morada:
preferirá dejarme entre los vivos toda la vida.

En vida muerto
aún sea disparado seguiré sangrando
sanando con letras las heridas.

Encendiendo el tabaco que siempre vacilé en fumar
pensando el mismo gastado pensamiento
no hay más que cavilar, anorexia cerebral.
Las neuronas no se hablan cada una adjunta su devenir
en realidad quieren huir de ese país llamado cabeza.
 
La nicotina mora en mí y angustiado el humo desvanece
tímido medito si eso es humo o es por fin la compañía
que cada ser espera en la vida, clichés que con el tiempo
se convierten en chismes de viejas con café en mano.
Te veo en el suelo, te llevaré donde el frió no descansa

en un lugar tan peligroso que la vida no desea entrar
no existe nada, los sentidos carecen de complemento
las sonrisas tocan la puerta vendiendo tristezas
tan caras que no se las puede comprar
al menos tengo asegurada la pobreza.

Las gratas vivencias mandan un banquillo
para sentarse a recordar cosas que anestesian
el dolor que produce ver y no ver,
de ser amante de la Nada:
pronto sufrirá la infidelidad
por culpa del Todo empachado de baladíes.

Veo una pared de ese cielo y cuestiono
¿Cuántos labios son fósiles de muchas pieles?
¿Cuántas personas encienden un cigarrillo para llorar por la boca?
¿Cuántas uniones de cuerpos mitigan cruentas ansiedades?
¿Cuántas mentiras gustaron más que las verdades?

Las respuestas llegarán volando, pero en las cuatro paredes
el aeropuerto no tiene pista y si lo tuviera no aterrizaría,
la retahíla de la vida responde todas esas preguntas.
Siempre habrá una que no tenga respuesta: el Eslabón perdido
que juega encadenado en el patio del subconsciente.

Conforme el Eslabón, sin cavilar que su realidad es ser prisionero
salta y salta feliz salta con canciones de Enrique Llana,
sin sentir los metales que muerden sus tobillos
sorprende ver como el sufrimiento es más feliz.
Envidioso duermo porque el cielo oscurece
la Nada es la sábana que me cobija del frío soplado por tu ausencia.