jueves, 1 de mayo de 2014

Cuatro paredes





En cada momento
una mordida de experiencia
segrega toxinas de amnesia.
En el olvido, la mente se purga
de recuerdos
que crispan en su fin.

Mi sexo sepultó navajas
en todos los ojos
por donde pasó mi lengua,
y la sangre fluyó
de esas miradas
pintando de rubor a estas
cuatro paredes
donde llevo tiempo
perdido en el vacío,
camuflado con este traje blanco
aislado de la circunstancia
que me ha construido
este encierro.

Detesto la luz del velador
que parodia el amanecer 
y también detesto, acto seguido
el resplandor sobre la pared
donde algún día escribí lo siguiente:
Soy una estampilla
de un correo que nunca llegó,
de un cartero que nunca nació
de unas letras que no tienen idioma.

El momento repta
y desde lo alto el placer
crea una nueva experiencia
y suelta una daga que cae
y se entierra en este lugar de hastío:
la carne de los seres que fui.

La muerte entona
las melodías de su existencia:
The danse macabre, O death,  
Ailein duinn, Réquiem… o lo que sea que huela
a la mortecina que mitiga el hambre
de los perros callejeros.

Ahora es la época
que siempre pensé que venía
la de perennizarme sobre lo putrefacto 
donde surgen todos estos versos
que intentan provocar estética
desde la miseria.

Pero sé, que la muerte va a preferir
dejarme en las manos de la existencia,
ante eso, tan solo anhelo los labios de un alma depresiva
para centellearnos en una necrofilia mutua.

En mi interior
los engranajes del pensamiento
rotan el carrusel de la locura,
la tristeza me pide dulces
pero son tan caros
que no se los puedo comprar
¡Al menos tenemos asegurada la pobreza!

El recuerdo sexual y además
lidocainómano
extingue el dolor de ser amante
del Todo obeso, empachado de estupideces
con las que nos embriagamos de felicidad.
Pero ahora ante el olvido
me atengo al vacío abonado
por la capacidad de mi existencia.

Mientras intento responder
todas las preguntas que he anotado
durante este encierro
creo ver entre mis dedos
la fotografía de un vagabundo
cagando sobre un retrete instalado
en el abandono.

Las respuestas yacen
en las gotas de la letanía
que cavan abismos en la mente.

Y la única respuesta
que llegará intacta, sin revelarse
hasta mi  muerte
reflexiona encadenada en el patio del subconsciente.
El vacío bien abonado por mi existir
me cobija del glacial de la utopía
escrita con el lenguaje del amanecer










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