miércoles, 27 de julio de 2016

Después del estruendo


Después del estruendo que representa ir respirando
y caminando a la vez por la vida mientras uno existe,
paso con la distracción y el letargo
del que muere leyendo mientras cruza la avenida.
El halo de la pereza empuja a los pensamientos
fuera de la órbita del cerebro  y la ignorancia que padezco
es la misma que padece el conserje hacia el confort
ese que me infectaron las comunidades anglocéntricas,
estoy en este maniqueísmo entre las bondades de lo importado
o de lo que nunca se podrá exportar
y las malevolencias del exceso o las de la extrema carencia.

Igual a un profesor que nunca tiene ganas de calificar
así somos con nuestros pasos, así de irresponsables nos comportamos
dejando en piloto automático a lo autodestructivo.
Cuánto quisiera yo, como todo el mundo quisiera, supongo
limpiar algunas hectáreas de ruinas en el cerebro
prejuicios que ahora generan pensamientos hacia objetos inocentes
objetos que nos miran perplejos diciendo a la vez:
¿Y éste? Hasta qué hora me mira… ya me quiero ir.
El objeto siente que si se moviera provocaría nuestro enojo
como lo hacen esos perros dementes que limitan
el tránsito en las aceras.

La vida es un eterno velorio hasta que la muerte impide
que se te pierdan las cosas, los seres y hasta uno mismo,
pero pensar mucho sería una mala decisión
para estos tiempos neoliberales que desdeñan el suicidio.
¡Ay, Lizardo querido!
si feliz muerte conseguir esperas,
es justo que advertido,
pues naciste una vez, dos veces mueras.
Así las plantas, frutos y aves lo hacen:
dos veces mueren y una sola nacen

Nacer es empezar a morir, desde la célula
desde el pulmón intoxicado de oxigeno intoxicado
desde el fruto intoxicado de agua intoxicada y semillas
genéticamente creadas para nutrir la obesidad de los países
que nunca conoceré más que en escenarios cinematográficos
y en flashes informativos de algún genocidio. 

foto de Eduardo Jaime