martes, 27 de septiembre de 2016

Consciencia

Foto: Eduardo Jaime

Cuántos cientos de litros de alcohol

hubo en mi sangre
y antes de llegar a mi sangre
qué tejidos consumiría
con su naturaleza ardiente
cuánto humo de diferentes procedencias
enceguecieron mis pulmones.

Sin embargo fueron más risas

que desdenes los proyectados por mi rostro
sobre la cúspide del exceso que
en resacas y sobredosis
nos daba cátedra de la realidad.

Esa realidad está documentada

en el dolor de la médula
que nos joroba,
y en el dolor del pecho
que nos comprime.

El doctor auscultaba mis pulmones

y diagnosticó que todo estaba bien
hice el gesto de no haber entendido,
Sin más me fui.

No me lo creí, para nada

en ese momento surge
mi increíble habilidad de compendiar
la sublimidad de la decadencia
en un segundo de pensamiento.

Me apena los días pasados

y le rindo homenaje a cada neurona
abatida por la repetición retórica
de mis paranoias.

El pensamiento se torna

más malévolo que la misma droga,
agobia a la negritud de mi cerebro
que fusiona el free jazz y la marimba,
es el instante cuando alguien
chasquea sus dedos en mis ojos
para regresarme al presente.

Por inercia casi sin decidirlo

me dirijo a tomarme una cerveza
invito a todos los amigos
alcohólicos y drogadictos, para que se sienta
el acto social de haberme reunido.

La mañana siguiente

ni las palabras del doctor son alicientes
y escuchar Chet Baker 
es hacer cinematográficas las circunstancias
a las cuales mi dolor le está dando lucidez
ahí todos los sentidos adquieren más sensibilidad.

Cuando las apariencias caducan se hacen ridículas

el cuerpo se confiesa destrozado 
por dentro y por fuera,
el autoconcepto nos mordisquea la cabeza.

Husmeo la privacidad del mundo

para enterarme de su infidelidad
y me retuerzo cuando me entero que sí lo era
que me era infiel antes que yo naciera
y esos celos retroactivos me confunden
me siento el único amante traicionado
de todo el planeta.

¿Saben qué?
Como mi padre igual todos moriremos,
morirá el luterano y morirá el poeta,
hoy o mañana la vida se nos irá
los huesos siempre cantan el éxodo de la tragedia.

Otras vidas seguirán naciendo
como han nacido frente a tu lenta muerte
el fin de tu tragedia servirá para tensar
un poco la tasa de natalidad de tu nación.

Respira amando ese aire
como amas a tus padres y a tus hijos
llora con orgullo ese llanto
no utilices lo patético para que te besen
ve a donde la soledad y aprende.

lunes, 19 de septiembre de 2016

Metanoia

Foto: Eduardo Jaime


Qué diferente me he vuelto, las canciones autóctonas
no me provocan nada en la cintura
soy este ser hambriento de sonidos difíciles
que insinúa en sus movimientos la síncopa del Jazz.

Me tomo muy en serio ideales nacidos del rechazo, del hastío
de toda forma de agresión y de las drogas que rompieron
todo lo precario que me veo en estas fotos reveladas  
que provocan reminiscencias nocturnas. y me veo diferente.

Es que cómo no ser diferente, cómo no ser raro si
ya no hay luciérnagas en esta ciudad que cuiden mis aventuras con su luz
ya no hay el canto de los renacuajos
ni puedo resbalarme feliz sobre el musgo del invierno.

La pampa, el circo de bajo presupuesto y el olor ecuestre que desprendía
hasta la lluvia que percutía en el suelo, todo ello
se lo llevó la urbe en vómitos de cemento
sobre todos los lugares donde se saltaba.

Peor aún han sido las costillas de la muerte
que tienen encarcelada la ausencia de mi padre
tal ausencia que en el claustro del ataúd nunca más podré ver.
Y qué me dicen del tiempo que se ha llevado la salud
y la piel tersa de mi madre, irrefutable, frío con precisión.

El tiempo se lleva la mayoría de las cosas tarde o temprano,
y somos nosotros confundiéndonos entre ese tarde o temprano
ahí maquinando ideales, proyectos de vida, y demás cosas
que se irán en la simple experiencia de haberlas conseguido.

Reinventarse en el camino nos asegura ir como un niño
que lo descubre todo por vez primera,
ser un novato en la repetición.